"Déjenme decirles, a riesgo de parecer ridículo, que el verdadero revolucionario se guía por grandes sentimientos de amor."
(Ernesto Guevara)

30 abr. 2011

Desperté

Desperté una tarde, luego de una larga siesta dominguera. Era un día nublado y frío. Había llovido toda la mañana, razón por la cual se suspendió el futbol barrial y no había mucho para hacer.  En resumen, estaba al pedo.
Tuve unos sueños maravillosos, llenos de aventuras. En realidad no recuerdo lo que soñé, pero estoy seguro de que fue grandioso.
Sentí deseos de vivir una de estas aventuras fantásticas en la vida real, embarcarme en un viaje sin destino, descubrir nuevos mundos, desembarcar en lugares inhóspitos, hacer revoluciones en países oprimidos, etc... Cosa de todos los días.
Como  nada de esto era posible, ya que para embarcarse se necesita dinero y tampoco se puede hacer una revolución sólo, me conformé con tomar las monedas que tenía, ir a tomar el primer colectivo que apareciera y viajar sin importar el destino. Entonces comenzó la aventura.
Fui a la vuelta de mi casa a esperar. Por primera vez  no sabía qué ni para qué, pero esperé, esperé y esperé… Bueno, no esperé tanto: a los dos minutos apareció un bondi, no quise ni mirar a donde se dirigía. Extendí mi mano y misteriosamente el colectivo detuvo su marcha. La puerta se abrió como por arte de magia haciendo un ruido extraño, algo así como el de aire que se escapa. El resto de la gente de la parada pareció no sorprenderse por este hecho. Sin detenerme a hacer un mayor análisis, subí.
-“Hasta el final del recorrido, ¿cuánto es?”- le dije al conductor.
-“Uno con diez, voy hasta la estación”- me respondió.
Tres o cuatro minutos duró mi aventura motorizada, ya que la estación se encuentra a sólo diez cuadras de casa. Me bajé en la estación y comencé a caminar. Hacía mucho frío, no había mucha gente en la calle. Entonces pensé que no debería haber muchos nenes en las plazas. Recordé que en la placita de la estación había un juego que siempre estuve tentado a usar, una estructura metálica con diferentes cosas. Lo que más me llamaba la atención de ella, era un riel horizontal a una altura aproximada de dos metros (lo explico de esta manera porque, si digo que lo que más me llamaba la atención era un travesaño de dos metros, puede prestarse a interpretaciones erróneas). Éste fierro horizontal tenía una especie de manija (no quiero ni imaginar lo que pensarían sus mentes retorcidas si hago mención a un travesaño con manija). La manija se deslizaba por el riel de una punta a la otra. De la misma, uno podía colgarse y deslizarse; y además, ésta tenía resortes en los extremos, lo que proporcionaba un mayor impulso para que pueda deslizarse uno.
Llegué a la placita y, efectivamente, no había nadie. Nunca me había atrevido a utilizar el juego por temor a que la gente me mirara  y pensara que soy "un pelotudo". Nadie estaba ahí para poner en duda ni mi inteligencia ni el tamaño de mis pelotas, así que procedí a tirarme un par de deslizadas. Claramente, luego de un par de ellas: me sentí un pelotudo. Fue en ese momento que recordé que tenía obligaciones... que al otro día había que trabajar e ir a la facultad y, como si fuera poco, que en un par de días tenía un parcial. No había tiempo que perder. El mundo no está hecho para soñadores.

1 comentario:

  1. Siempre me pregunte que era el link que tenias en tu msn y hoy por fin lo corrobore... estaba con el animo por el piso pero leer esto me lo levanto un poco, me rei bastante!!! :)Mel

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